9/6/16

¿Qué quiere decir la Comisión Europea cuando habla de igualdad?

by Nico Hirtt & Caty R (Rebelión).

Artículo base de la intervención del profesor Nico Hirtt en la “II Jornada internacional contra la privatización de la enseñanza”, celebrada en Gijón el 11 de mayo de 2007 y organizada por el “Sindicato Unitario Autónomo de Trabajadores de la Enseñanza de Asturias” (SUATEA). Traducido por Caty R.

¿Podemos conciliar la eficacia económica de la enseñanza con la igualdad social? ¿La escuela puede estar de acuerdo a la vez con las previsiones de los empresarios y patronos y al mismo tiempo garantizar la igualdad de oportunidades entre los alumnos? A esta cuestión la Comisión Europea escogió responder de una forma resueltamente optimista. Desgraciadamente la visión de igualdad que nos propone es muy extraña...



1/6/16

El poder político del aprendizaje de la historia

by Carlos Aldana Mendoza

Aprender historia resulta ser uno de esos recursos políticos a los que el poder le tiene pavor. En la medida que, más que recordar fechas, personajes o anécdotas entretenidas, logramos reconocer con profundidad los procesos y circunstancias que nos han puesto en la situación actual, en esa medida es más probable la posición política y ética sustentada y firme frente a la vida. Y con ello, la educación sistemática ya puede ser parte protagónica de la transformación que necesitamos sostener en nuestro caminar social.

Por eso, vale la pena una breve mirada crítica al aprendizaje dela historia (o la Historia, como contenido formal), en el marco de las Ciencias o Estudios Sociales.

En contextos como el latinoamericano, este aprendizaje está en mano de 2 tipos de docentes: los grandes narradores y los aburridos transmisores. Los primeros, nos plantean las anécdotas, los detalles íntimos e interesantes de los personajes, nos repiten las fechas, nos emocionan con hechos que parecen de película. Por su parte, los aburridos transmisores nos narran la historia lineal, sin ningún uso de recursos que atraigan y generen interés. Nos aburren con la repetición de fechas, conceptos y hechos, pero en su acción monótona, terminan matando el interés por la historia de sus oyentes, aunque algún nivel de profundidad crítica puedan pretender. El aburrimiento es tan grande que, en algunos casos, ayuda a desaprovechar la posible visión crítica del docente.

En ambos casos, no se profundizan las causas, los intereses ocultos, los verdaderos poderes que fueron creando las condiciones históricas y los procesos que configuraron la realidad humana. Así, la historia no es un recurso para comprender el presente, para sentir y detectar por qué, por quiénes, a favor de qué y de quiénes es que llegamos al establecimiento actual de la injusticia, el empobrecimiento, la exclusión y la violencia en todas sus expresiones.

Pero también ocurre que ha faltado mayor discusión y estudio en el ámbito de la academia social. Cuando se plantea el aprendizaje de la historia, se plantea principalmente desde consideraciones didácticas y no pedagógicas. Así, preocupa mucho más la búsqueda y aprovechamiento de métodos, técnicas y recursos que contribuyan a mejorar la calidad del desempeño docente en el aula. Pero al dejarse de lado la dimensión pedagógica, se deja de plantear la búsqueda de los fundamentos, del sentido político y ético de la historia y los estudios sociales, de su aporte en la construcción de una ciudadanía participativa y comprometida con los cambios. Se abandona la posibilidad de profundizar las maneras para hacer de la historia un caminar hacia la comprensión del mundo actual y de las posibles acciones individuales y colectivas para cambiarlo. En otras palabras, cuando la didáctica termina siendo el principal interés y se despedagogiza la historia, caemos en el instrumentalismo y en la actuar limitado al aula y a la institución escolar, cuando la historia y los estudios sociales tienen el enorme potencial de llevar a la comunidad educativa a la sociedad misma, para comprenderla y transformarla.

Una consecuencia de lo antes afirmado es que se prioriza la enseñanza de la historia y se abandona el aprendizaje. Cuando aprender es lo que importa, incluye a la enseñanza (porque esta se convierte en un instrumento o factor de facilitación de aquél), pero también deja de poner el acento y el protagonismo en quien enseña, porque el aprendizaje debe ocurrir entre todos los miembros de la comunidad educativa. Entre aprendientes.
Cuando el aprendizaje de la historia es asumido desde la pedagogía (la alternativa y crítica, por supuesto), aparecen con fuerza el pensamiento crítico, la posición política y los valores. Aparecen y se despliegan, además, los fundamentos y sentidos de dicho aprendizaje (el por qué y el para qué aprender historia y estudios sociales). Se acentúa una visión del mundo y de la historia. Y por supuesto, todo ello demanda un clima armónico, dialógico y agradable pare el aprendizaje.
Se trata de que el aprendizaje de la historia sea profundo, crítico y cuestionador, pero sin dejar de ser entretenido, interesante y agradable para las jóvenes generaciones, las que no merecen ni la superficialidad de un buen, pero acrítico narrador, ni un destructor del interés y la pasión.

Necesitamos tener presente que el aprendizaje de la historia es el más poderoso recurso para que los pueblos descubran lo que les niega su dignidad, pero también para descubrir que la realidad es construida por la humanidad colectiva. En otras palabras, aprender historia es la clave para reconocernos como hombres y mujeres capaces de transformar su realidad. El aprendizaje histórico es un aprendizaje político en cuanto que es necesario para impulsar el posicionamiento de las nuevas generaciones frente a la realidad que viven. Una consecuencia debiera el aprendizaje de la indignación y la rebeldía ante la injusticia, la exclusión y todo tipo de violaciones de derechos humanos.


La pedagogía reducida

by Carlos Aldana Mendoza

A la pedagogía la vienen reduciendo a sus mínimas expresiones.  Por aquí la confunden-reducen con didáctica, por allá con la reflexión teórica sin implicaciones o posibilidades prácticas; en otras partes, la reducen a la consideración de los componentes de la educación formal. En algunos lugares, la reducen a la educación de niños y niñas y la oponen a la andragogía (concepción totalmente discutible).

Las distintas reducciones no solo evitan una mayor penetración e incidencia de pedagogos y pedagogas en la vida concreta de nuestras sociedades, sino que impulsan un conformismo, una adaptación acrítica e irresponsable al discurso de las grandes corporaciones y los organismos internacionales. Es mucho más fácil crear conceptos, consignas y cuerpos explicativos favorables a esa educación que sirve a los intereses dominantes, cuando se cree ciegamente en la pedagogía reducida a sus mínimos.

Entre todo esto, está claro que a la pedagogía la vienen despolitizando, y he ahí la peor de las reducciones a las que es sometida: negarle su naturaleza y su poder político para dejarle solos los aspectos filosóficos, psicológicos, didácticos o con más fuerza, los aspectos administrativos de la educación escolar. Reducirla a estudios o propuestas que se quedan en la conducción de los procesos didácticos, o al desarrollo de estudios sobre cómo administrar instituciones educativas, es parte de una concepción que pretende convertir en “natural” esa apoliticidad de lo educativo que siempre ha sido favorable a los poderes.

Despolitizar la pedagogía es la principal reducción porque la aleja de las luchas y reivindicaciones de los pueblos. La aleja de las grandes movilizaciones, de los procesos profundos de crítica e indignación ante el mundo en que vivimos, mientras dedica grandes esfuerzos técnicos a profundizar una práctica educativa alineada a la globalización, el neoliberalismo y las políticas sectarias en todos los países. Además, esta es la pedagogía que, con el énfasis en el discurso de las competencias, las tecnologías, el emprendimiento, la capacidad productiva o la ausencia de memoria histórica, permite la acriticidad, el verticalismo y el despliegue de información que no genera sabiduría.

Los grandes intereses en el mundo se congratulan con esta pedagogía reducida que se disfraza de actualidad y de grandes avances a través del uso de tecnologías y otros mecanismos de control y dominación actual. Pero no puede negarse que, de todo lo anterior, también son responsables los hombres y mujeres quienes, dedicados al estudio sistemático de la educación, se conforman con asimilar y tratar de aplicar el discurso que más escuchan o que les imponen desde las directrices oficiales.

Somos los pedagogos los que hemos contribuido a limitar las alas de la reflexión, el estudio, la discusión y la propuesta pedagógica, a través de nuestra falta de profundización, o mediante la ausencia de diálogos alternativos. Pero, sobre todo, somos los responsables de esa angustiante y destructiva reducción de la pedagogía cuando desde una postura endogámica, dejamos de ir al encuentro del pueblo, dejamos de respirar, sentir y caminar junto a los hombres y mujeres que luchan contra los poderes, que sonríen en sus esfuerzos por construir una sociedad diferente. Cuando los pedagogos nos conformamos con leer, estudiar, estar dentro de los territorios académicos o institucionales, sin abrazar las indignaciones o las demandas de los pueblos y sus organizaciones, cuando eso sucede, dejamos que la educación (en discurso y en prácticas) quede en manos de quienes son responsables de la indignidad, la exclusión y el sufrimiento de las mayorías en todo el planeta.

Reducir a la pedagogía es el mejor modo de negarle su papel en la reflexión, discusión y práctica de una educación que se sume a la caminata de los pueblos hacia su dignidad.